El Conjuro de los Marabúes
Un día de mediados de octubre de 2007, el periódico senegalés Sud Quotidien publicó una noticia en la que relataba la celebración de decenas de funerales colectivos en la región de Kolda por la muerte de al menos 150 jóvenes en el naufragio de un cayuco. De ser cierta aquella información, estábamos ante la peor tragedia en la historia de la inmigración clandestina hacia España y ante uno de los peores accidentes ocurridos en la frontera sur de Europa en los últimos años. Por aquel entonces, trabajaba yo en el periódico canario La Provincia donde, tras las oportunas comprobaciones, publicamos la noticia.
Al día siguiente, intenté sin éxito obtener nuevos datos de este naufragio. Permanecí toda la mañana y toda la tarde atento a los periódicos y agencias de noticias africanas y realicé algunas llamadas a Dakar. Pero nada. Pensé que quizás en los días posteriores tendría más suerte. Sin embargo, en las semanas que siguieron no se publicó una sola línea acerca de este naufragio. Parecía más bien que una espesa bruma de silencio se extendía en torno a este hecho, que estábamos condenados a pasar la página y seguir adelante, que no se iba a recuperar la historia de los jóvenes de Kolda, por quienes sus familias lloraban y celebraban funerales en esa lejana región de Senegal.
Aquí late una historia, pensé, una historia que merece la pena ser contada. Así que decidí que en cuanto tuviera ocasión me plantaría en Kolda para recoger los testimonios de los familiares de los fallecidos e intentar reconstruir el viaje que les condujo a la muerte. Tuve que esperar casi un año para poder realizar aquel viaje, que finalmente llevé a cabo junto al periodista Magec Montesdeoca en agosto de 2008 y que se acabó convirtiendo en el libro Los Invisibles de Kolda (Ediciones Península, 2009).
Nada más poner el pie en Kolda pudimos comprobar no sólo la veracidad de aquel terrible naufragio, sino el inmenso impacto que había causado en una región muy castigada por la pobreza. En cada pequeño pueblo que visitábamos había familias desgarradas por la pérdida de uno de los suyos. Muchos de los fallecidos eran hermanos, primos o vecinos que se habían juntado para emprender el viaje hacia Europa y su rastro se había perdido para siempre en el mar. Pasado todo este tiempo, la única respuesta que habían obtenido sus familiares era el silencio, el vacío, la nada más absoluta.
La muerte de un chico joven en África no provoca sólo el dolor por la desaparición física de un ser querido. En un lugar donde no existe la más mínima cobertura social ese fallecimiento representa también la pérdida de dos brazos fuertes para cultivar la tierra. Centenares de familias de Kolda hicieron una apuesta arriesgada para intentar conseguir un futuro más próspero mediante el dinero que sus jóvenes pudieran enviar desde Europa y aquella apuesta sólo les había traído más sufrimiento y dolor.
En los últimos diez años sabemos a ciencia cierta que más de 3.000 jóvenes africanos han perdido la vida intentando alcanzar las costas de Canarias, una cifra que algunas organizaciones sociales elevan a más del doble. El naufragio de los chicos de Kolda no es muy diferente a otros que se han producido en el brazo de mar que separa a África de este archipiélago español. Sin embargo, hasta ahora, el olvido y el silencio a uno y otro lado del mar han sido la única respuesta. Y este terrible accidente simbolizaba a la perfección todo ello.
Como periodista especializado en inmigración que desarrollo mi trabajo en Canarias sentía que la gran historia de la inmigración africana hacia Europa no podía ser contada sólo desde nuestra visión, que no podíamos quedarnos con la espectacularidad y la tragedia de las llegadas o limitarnos a contar qué pasaba con los inmigrantes una vez se encontraban entre nosotros. Si nos quedáramos solo con lo que ocurre aquí, estaríamos cometiendo el grave error de contar sólo una parte de la verdad. En fin, lo que nos empujó hasta Kolda también fue el sentido de la responsabilidad.
Cuentan en Senegal que antes de subirse a los cayucos, los chicos o sus familias acuden a consultar a sus marabúes para que les asesoren ante una decisión tan importante. Y que éstos entregan a muchos de ellos una especie de amuleto, un gri-gri mágico, que les convierte en invisibles y les permite, así, atravesar el mar sin ser detectados por la policía que impide su salida. Tengo para mí que debe ser un conjuro tan poderoso que incluso después de muertos los jóvenes inmigrantes siguen siendo invisibles.
Al no haber cadáveres ni certificación oficial, tanto el Gobierno español como el senegalés llegaron a negar la existencia de este naufragio. Para ellos, es como si no hubiera existido. Por eso, sólo poniendo rostros, nombres y apellidos, a los jóvenes de Kolda y a sus familias podría romperse el conjuro de los marabúes. Sólo contando su historia como la historia simbólica de todos esos 3.000 muertos que sólo son para nosotros una cifra más de una fría estadística, sólo así, podríamos hacer un poquito de justicia a quienes se estampan contra las fronteras de Europa mientras nosotros, todos nosotros, miramos hacia otro lado.
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José Naranjo. Periodista. Gran Canaria.http://pepenaranjo.blogspot.com/ |

