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El Conjuro de los Marabúes

26 octubre 2009

Un día de mediados de octubre de 2007, el periódico senegalés Sud Quotidien publicó una noticia en la que relataba la celebración de decenas de funerales colectivos en la región de Kolda por la muerte de al menos 150 jóvenes en el naufragio de un cayuco. De ser cierta aquella información, estábamos ante la peor tragedia en la historia de la inmigración clandestina hacia España y ante uno de los peores accidentes ocurridos en la frontera sur de Europa en los últimos años. Por aquel entonces, trabajaba yo en el periódico canario La Provincia donde, tras las oportunas comprobaciones, publicamos la noticia.

Al día siguiente, intenté sin éxito obtener nuevos datos de este naufragio. Permanecí toda la mañana y toda la tarde atento a los periódicos y agencias de noticias africanas y realicé algunas llamadas a Dakar. Pero nada. Pensé que quizás en los días posteriores tendría más suerte. Sin embargo, en las semanas que siguieron no se publicó una sola línea acerca de este naufragio. Parecía más bien que una espesa bruma de silencio se extendía en torno a este hecho, que estábamos condenados a pasar la página y seguir adelante, que no se iba a recuperar la historia de los jóvenes de Kolda, por quienes sus familias lloraban y celebraban funerales en esa lejana región de Senegal.

Aquí late una historia, pensé, una historia que merece la pena ser contada. Así que decidí que en cuanto tuviera ocasión me plantaría en Kolda para recoger los testimonios de los familiares de los fallecidos e intentar reconstruir el viaje que les condujo a la muerte. Tuve que esperar casi un año para poder realizar aquel viaje, que finalmente llevé a cabo junto al periodista Magec Montesdeoca en agosto de 2008 y que se acabó convirtiendo en el libro Los Invisibles de Kolda (Ediciones Península, 2009).

Nada más poner el pie en Kolda pudimos comprobar no sólo la veracidad de aquel terrible naufragio, sino el inmenso impacto que había causado en una región muy castigada por la pobreza. En cada pequeño pueblo que visitábamos había familias desgarradas por la pérdida de uno de los suyos. Muchos de los fallecidos eran hermanos, primos o vecinos que se habían juntado para emprender el viaje hacia Europa y su rastro se había perdido para siempre en el mar. Pasado todo este tiempo, la única respuesta que habían obtenido sus familiares era el silencio, el vacío, la nada más absoluta.

La muerte de un chico joven en África no provoca sólo el dolor por la desaparición física de un ser querido. En un lugar donde no existe la más mínima cobertura social ese fallecimiento representa también la pérdida de dos brazos fuertes para cultivar la tierra. Centenares de familias de Kolda hicieron una apuesta arriesgada para intentar conseguir un futuro más próspero mediante el dinero que sus jóvenes pudieran enviar desde Europa y aquella apuesta sólo les había traído más sufrimiento y dolor.

En los últimos diez años sabemos a ciencia cierta que más de 3.000 jóvenes africanos han perdido la vida intentando alcanzar las costas de Canarias, una cifra que algunas organizaciones sociales elevan a más del doble. El naufragio de los chicos de Kolda no es muy diferente a otros que se han producido en el brazo de mar que separa a África de este archipiélago español. Sin embargo, hasta ahora, el olvido y el silencio a uno y otro lado del mar han sido la única respuesta. Y este terrible accidente simbolizaba a la perfección todo ello.

Como periodista especializado en inmigración que desarrollo mi trabajo en Canarias sentía que la gran historia de la inmigración africana hacia Europa no podía ser contada sólo desde nuestra visión, que no podíamos quedarnos con la espectacularidad y la tragedia de las llegadas o limitarnos a contar qué pasaba con los inmigrantes una vez se encontraban entre nosotros. Si nos quedáramos solo con lo que ocurre aquí, estaríamos cometiendo el grave error de contar sólo una parte de la verdad. En fin, lo que nos empujó hasta Kolda también fue el sentido de la responsabilidad.

Cuentan en Senegal que antes de subirse a los cayucos, los chicos o sus familias acuden a consultar a sus marabúes para que les asesoren ante una decisión tan importante. Y que éstos entregan a muchos de ellos una especie de amuleto, un gri-gri mágico, que les convierte en invisibles y les permite, así, atravesar el mar sin ser detectados por la policía que impide su salida. Tengo para mí que debe ser un conjuro tan poderoso que incluso después de muertos los jóvenes inmigrantes siguen siendo invisibles.

Al no haber cadáveres ni certificación oficial, tanto el Gobierno español como el senegalés llegaron a negar la existencia de este naufragio. Para ellos, es como si no hubiera existido. Por eso, sólo poniendo rostros, nombres y apellidos, a los jóvenes de Kolda y a sus familias podría romperse el conjuro de los marabúes. Sólo contando su historia como la historia simbólica de todos esos 3.000 muertos que sólo son para nosotros una cifra más de una fría estadística, sólo así, podríamos hacer un poquito de justicia a quienes se estampan contra las fronteras de Europa mientras nosotros, todos nosotros, miramos hacia otro lado.

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Este artículo nos lo ha enviado por e-mail:

José Naranjo

José Naranjo. Periodista. Gran Canaria.

http://pepenaranjo.blogspot.com/
Libros: Cayucos (Ed. Debate, 2006). Los Invisibles de Kolda (Ed. Península, 2009). Inmigración en Canarias. Procesos y estrategias (Fundación García Cabrera, 2008). Las migraciones en el mundo. Desafíos y esperanzas (Icaria, 2009).

Red invernaderos

7 septiembre 2009
Estamos preparándonos para mejorar nuestras posibilidades de comunicación. Preparándonos para mejorar nuestros conocimientos y capacidades.

Aprendiendo para enseñar a otros.

Aprender y enseñar

4 septiembre 2009

Aprender es comprender, seguir caminando. Y enseñar entre nosotros es participar, compartir, ayudarnos. Uno de los problemas más graves con los que se encuentra cualquiera asociación es el voluntariado. ¿Porqué no nos hacéis participes de nuestra propia realidad?, ¿Porqué siempre olvidáis nuestras capacidades a la hora de desarrollar vuestros proyectos?, ¿Porqué vuestros proyectos se quedan tan lejos de nosotros?, ¿Porqué sólo son vuestros proyectos?…

Juegos Solidarios

1 septiembre 2009

En la competición de cartas todos ganan. El que participa pone 1 euro para conseguir una televisión que han donado a la asociación. El dinero recaudado va destinado a cubrir las necesidades de una casa elegida entre ellos. Además, durante el concurso se han vendido refrescos y helados para ayudar en las necesidades de otra casa.

Jugamos para ayudarnos. Jugamos para encontrar herramientas con las que aprender a asociarnos. Se pueden buscar soluciones a las necesidades de los demás, a pesar de que te preocupen las tuyas. Una parte importante de nuestra vida es el poder compartirla.

Foto: Juan Antonio Guerrero Linares

Estos son los ganadores de la competición de cartas. Ya andaban en su casa necesitando una tele…. y ¡¡sólo por 2 euros!!.

Recuperar la madera

1 septiembre 2009

Recuperar la madera es un taller realizado por inmigrantes sin papeles especializados en las diferentes artes del trabajo en madera y se encargan de enseñar, de manera voluntaria, a otros inmigrantes en su misma situación. Es un reencuentro con los orígenes, con una forma de vida, con el recuerdo. Dejar la inactividad, el estar sentados sin poder hacer nada y recuperar las capacidades que habíamos dejado atrás. Recuperar las manos, los pensamientos constructivos, los recuerdos de mar y arena, recuperar los amigos, el entorno y lo vivido. Recuperar los sueños olvidados y empezar de nuevo a sentirse uno mismo.

Al final quedarán pequeños cayucos, juegos de damas y muebles… pero durante este recorrido se recuperarán las ganas, el deseo y la sonrisa, la mente activa modelando formas. Todos reencontrándose con las emociones que se dejaron al otro lado. Reencontrándose con los propios protagonismos.

… ver un poco más allá

18 agosto 2009

Se nos dice que no es posible. Se nos dice que no podemos hacer nada, que individualmente no vamos a ningún sitio. Se nos dice que el problema no podemos resolverlo nosotros, que es demasiado grande, que las soluciones son utópicas, que no hay dinero ni mecanismos que solucionen ciertos problemas. Se nos dice que la estructura de ayudas son las que son y que debemos darnos con un canto en los dientes por ello. También se nos dice que emplear nuestro tiempo en los demás es un desperdicio de nuestra propia vida, que dejamos en el camino todas nuestras posibilidades de futuro, que la parte emocional está muy bien pero que no es suficiente ni lo más importante, que hay que ser realista, lo importante es conseguir tus metas personales o simplemente dedicarte a ejecutar lo que se te ofrece.

Nuestros miedos solo nos dejan movernos en lo muy cercano, en nuestro circulo de seres más cercano, en la estabilidad que nos da nuestra casa o la organización de la que formamos parte. Fuera de eso tenemos escasas posibilidades de hacer nada. Y si hacemos algo tiene que ser legalizado, normalizado, controlado, nada ajeno al sistema al que pertenecemos. Si no serás ilegal, imposibilitado, no ayudado. Estarás solo y tendrás que atenerte a las consecuencias de haber decidido vivir erróneamente.

Pero debemos ver un poco más allá. Si nuestra libertad o nuestra convivencia no está basada en las emociones positivas y en el apoyo en las mejoras del otro y solo es el resultado de la capacidad de ser a través de las cosas que uno consigue tener, a eso se le puede poner el nombre que uno quiera, menos el de humano.

África entre invernaderos

16 agosto 2009

Tenemos muchas respuestas y nunca nos han preguntado…

Debemos empezar a cambiar nuestra menera de pensar, entender que la marginalidad en la que vivimos los inmigrantes de origen africano no es solo una consecuencia del desequilibrio norte-sur, o de la situación de vida en nuestros países de origen, ni de la brutalidad con la que llegamos a estas costas o del posterior e indigno internamiento, ni siquiera el dejarnos y olvidarnos luego en medio de la nada para que nos reagrupemos en zonas indeterminadas entre los invernaderos. Debemos empezar a pensar que está marginalidad va más allá de todo estos acontecimientos, y que los inmigrantes, en esencia, somos la vivencia misma de esta marginalidad. Que a nosotros nos corresponde, por puro sentimiento y derecho humano, el resolverlo.

Se han tomado muchas decisiones altruistas durante mucho tiempo, pero no están solucionando el problema, nuestro problema. Ya es hora de que el inmigrante africano participe en la solución de nuestros propios acontecimientos y en las decisiones que más nos convienen.

La mayoría de las personas que protagonizan este documental son miembros de Terralgan.
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